Notas de viaje
Inspiración para tu próximo viaje.
Lugares, encuentros y aprendizajes que merecen contarse despacio.
Notas de viaje
Entradas que envío una o dos veces al mes hablándote de viajes, de cómo los diseño. Para que te inspires y sepas mejor qué pedirle al tuyo.
Notas de viaje
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Criterio
El día que dejo vacío
Leer nota: El día que dejo vacío
Cuando alguien recibe por primera vez un itinerario mío, cuenta los días y mira cuánto hay en cada uno. Y casi siempre aparece la misma pregunta: aquí no pone nada, ¿esto está sin terminar?
No. Ese día es el que más me ha costado colocar.
Hay dos maneras de estropear un viaje. La primera es evidente: no llegar a lo que el viajero esperaba ver. La segunda es más difícil de detectar porque parece justo lo contrario de un error —llenar el itinerario hasta el borde, de modo que cada mañana empiece con alguien esperando en el hall a las nueve—. El viaje se cumple entero y, al volver, el viajero tiene la sensación rara de haber trabajado.
Un ejemplo. Hace poco diseñé tres semanas por Laos para una pareja que quería el país entero: Luang Prabang, Vang Vieng, Vientián, el Mekong hasta las cuatro mil islas. Doce días densos, con desplazamientos largos y madrugones. Y después cuatro días seguidos en una isla del sur de Tailandia sin absolutamente nada reservado. Ni una excursión, ni una cena, ni un guía.
Esos cuatro días no son el premio al esfuerzo. Son la parte del viaje donde lo anterior se convierte en recuerdo. Si vuelves a casa directamente desde el duodécimo día de ruta, lo que traes es cansancio con fotos. Si te paras cuatro días, traes un viaje.
Lo mismo, en otra escala, en México: después de Ciudad de México, Guanajuato y San Miguel de Allende —que es un ritmo exigente, con carretera y mucho que mirar— vienen tres días seguidos en Holbox sin plan.
Hay una razón menos obvia, y es la que a mí más me importa. Las cosas que la gente cuenta al volver casi nunca están en el itinerario: la conversación con el dueño de un sitio, el mercado con el que se tropezaron, la tarde que se alargó. Ninguna de esas cosas se puede reservar. Lo único que puedo hacer es elegir bien el lugar, la época y el momento, y después dejar sitio para que ocurran. Un itinerario lleno es, literalmente, un itinerario donde no cabe nada más.
Por eso el día vacío no es un descuido ni un relleno. Es una decisión de diseño, igual que elegir un hotel o el orden de las etapas. Y es de las pocas que un catálogo no puede tomar, porque un catálogo vende lo que incluye y esto consiste precisamente en no incluir.
Cuando recibas un itinerario mío y veas un hueco, ya sabes lo que significa.
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Destino
Japón, quince días
Leer nota: Japón, quince días
«A medida» es una expresión gastada. Significa cosas muy distintas según quién la use, así que prefiero enseñar qué significa cuando la digo yo.
Un viaje de quince días que diseñé este año empieza en Tokio, en un hotel frente al foso del Palacio Imperial. Tres noches. Es el punto de partida más convencional posible y está elegido a propósito: el primer día no hay nada programado. Trece horas de vuelo y 7-8 de diferencia horaria no se resuelven con voluntad, y un guía esperando en el hall a las nueve de la mañana del segundo día garantiza que las primeras visitas se hagan a medias.
Después el viaje se va complicando, en el buen sentido. El mercado de Tsukiji y un taller de sushi en privado. Una cena con espectáculo de sumo, que es turístico y divertido y no hay que fingir lo contrario. Una ceremonia del té con un maestro que no solo la prepara, sino que explica la etiqueta mientras la prepara, que es donde está la diferencia entre asistir y entender.
De ahí a Hakone, a un ryokan con bañera privada al aire libre. Dos noches. Y luego cinco en Kioto, que son las que hacen falta: Kioto con dos noches es una lista de templos, y con cinco empieza a ser una ciudad.
El viaje termina en el monte Koya, durmiendo en un templo budista. No en un hotel con estética de templo: en un templo, con habitación de tatami y comida vegetariana preparada por los monjes. Al amanecer se reza con ellos y después se desayuna. Dos noches.
Ese contraste —el hotel de cinco estrellas frente al Palacio Imperial y la habitación monástica de Koyasan, con doce días de por medio— es exactamente lo que quiero decir con a medida. No es elegir entre el paquete A y el paquete B. Es que un mismo viaje pueda empezar en un sitio y terminar en su contrario, porque a esa pareja concreta le iba a interesar más el segundo después de haber pasado por el primero.
Lo que no se ve en el itinerario es lo que costó decidir el orden.
Si Japón te ronda la cabeza, escríbeme y te cuento cuándo conviene ir.
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Temporada
El calendario real de una reserva
Leer nota: El calendario real de una reserva
La pregunta que más me hacen no es a dónde ir, es cuándo hay que decidirlo. Esta es la respuesta corta, y sirve para todo el año.
Para Semana Santa: noviembre. Diciembre ya es tarde para las buenas opciones y enero es tarde del todo. Es una ventana corta porque compite con todo el mundo a la vez.
Para agosto: marzo. Es la más rígida de las tres. Los campamentos de safari tienen plazas contadas y no crecen; cuando se llenan, la alternativa no es un campamento parecido, es uno peor. Casi uno de cada tres viajes que diseño sale en julio o agosto.
Para Navidad y fin de año: junio. Parece exagerado y no lo es. Una casa con cocinero propio en Laponia para Nochevieja se cierra en verano, igual que las mejores fechas de safari.
Fuera de esas tres ventanas hay margen, y con un mes se puede hacer un buen viaje. Lo único que cambia es de dónde eliges: con seis meses, de todo; con uno, de lo que queda. A veces lo que queda es excelente. Otras veces no.
Si tienes una fecha en la cabeza, dime cuál y te digo si vas con tiempo.
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Intención
Descubrir ya no es llegar el primero
Leer nota: Descubrir ya no es llegar el primero
Ya no quedan sitios donde no haya estado nadie. Pero sigue habiendo puertas que no están señalizadas, y eso es otra cosa. Tres ejemplos de este año.
Bombay, por dentro. Dharavi se puede ver desde un mirador o se puede recorrer a pie con gente que vive allí, entrando en los talleres artesanales que sostienen el barrio. Lo primero es una vista. Lo segundo es una mañana que no se olvida, y solo funciona si quien te acompaña es de allí.
Una aldea de Kerala que no espera turistas. En Vaikom recibieron a unos viajeros míos con cheda melam —la percusión tradicional de la zona—, guirnaldas de flores y un almuerzo festivo servido en hoja de plátano. No es un espectáculo montado: es cómo se recibe allí a un invitado. La diferencia se nota en el primer minuto.
Cocinar con quien escribió el libro. En Pampanga, al norte de Manila, una historiadora culinaria a la que en Filipinas llaman «el ángel guardián de la cocina kapampangan» da una demostración en su casa. No es una escuela de cocina para viajeros: es su cocina.
Lo que tienen en común los tres no es que sean secretos. Es que hace falta alguien que conozca a alguien.
Cuéntame qué te apetece descubrir y te digo si tengo por dónde entrar.
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Criterio
Ocho kilos
Leer nota: Ocho kilos
Un viaje bien pensado se estropea por cosas pequeñísimas. Cuatro que reviso siempre, y que casi nunca aparecen en un folleto.
Ocho kilos. El tren a Machu Picchu solo admite equipaje de mano, máximo ocho kilos por persona. No es un capricho: los vagones son panorámicos y las maletas taparían los cristales. Si nadie te lo dice con tiempo, lo descubres en el andén.
El libro de familia, traducido. Para entrar en Sudáfrica con menores hace falta el certificado de nacimiento o el libro de familia traducido por un traductor jurado, más una autorización de salida. Se tarda semanas en conseguir y no se puede resolver en el aeropuerto.
El wifi, el primer día. En Japón el dispositivo de wifi se recoge en el hotel al llegar, no al día siguiente. Suena menor hasta que estás en una estación de Tokio intentando entender un panel.
$35 en efectivo. El visado a la llegada de Laos cuesta $35.
Ninguna de estas cuatro cosas hace bonito un viaje. Todas pueden arruinarle un día.
Si estás preparando algo por tu cuenta y quieres que le eche un ojo a los detalles, escríbeme.
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Criterio
El viaje que no te voy a diseñar
Leer nota: El viaje que no te voy a diseñar
Casi todo lo que se escribe sobre este oficio habla de lo que se puede hacer. Voy a hacer lo contrario, porque creo que dice más: cuatro encargos que no acepto, y uno que sí aunque mucha gente dé por hecho que no.
No busco vuelos sueltos. Es lo que más me piden y lo único que no hago nunca. No porque sea poco rentable, sino porque no aporto nada: cualquier buscador lo resuelve igual de bien que yo. Cuando alguien me escribe por un billete, le digo dónde mirar y ahí acaba mi consejo.
No organizo salidas de grupo. Y aquí conviene el matiz, porque es fácil confundirse: sí diseño viajes para grupos —de hecho, los grupos de amigos y las familias grandes son los viajes que mejor funcionan—. Lo que no hago es formar el grupo yo. Si el grupo lo traes tú, el viaje se piensa desde vosotros. Si lo formo yo, se piensa desde el mínimo común denominador de doce desconocidos, que es otra cosa y la hace muy bien otra gente.
No trabajo cruceros. El itinerario ya viene decidido por el operador. Mi trabajo empieza justo donde eso termina: en elegir el orden, el ritmo y la duración de cada etapa. En un crucero no hay nada de eso que decidir.
Y no compito por precio. Si me pides un presupuesto para contrastarlo con otros dos, te lo diré con franqueza: yo voy a salir más caro. Lo que ofrezco no es un precio mejor por el mismo viaje, es un viaje distinto. Compararlo por el total es comparar dos cosas que no se parecen.
Sí monto viajes de un solo sitio, y cuestan más trabajo del que parece. Es lo que casi todo el mundo da por hecho que no hago, y es al revés. Cuando alguien va a pasar ocho días sin moverse de una isla, no hay etapas siguientes que compensen un error: la elección del sitio es el viaje entero. Acertar con esa isla exige saber más que encadenar cinco ciudades, no menos: qué cara del atolón rompe el viento en febrero, cuál de las villas tiene el arrecife a nado y cuál lo tiene a diez minutos de barco, qué casa trata bien a una familia y cuál solo está pensada para dos.
Decir esto en voz alta cuesta clientes. También ahorra a mucha gente una conversación que no iba a llevar a ningún sitio, y a mí me deja tiempo para los viajes que sí sé hacer bien.
Si lo tuyo es una de las cuatro primeras, ya te he ahorrado un correo. Para todo lo demás, aquí sigo.