Ya no quedan sitios donde no haya estado nadie. Pero sigue habiendo puertas que no están señalizadas, y eso es otra cosa. Tres ejemplos de este año.
Bombay, por dentro. Dharavi se puede ver desde un mirador o se puede recorrer a pie con gente que vive allí, entrando en los talleres artesanales que sostienen el barrio. Lo primero es una vista. Lo segundo es una mañana que no se olvida, y solo funciona si quien te acompaña es de allí.
Una aldea de Kerala que no espera turistas. En Vaikom recibieron a unos viajeros míos con cheda melam —la percusión tradicional de la zona—, guirnaldas de flores y un almuerzo festivo servido en hoja de plátano. No es un espectáculo montado: es cómo se recibe allí a un invitado. La diferencia se nota en el primer minuto.
Cocinar con quien escribió el libro. En Pampanga, al norte de Manila, una historiadora culinaria a la que en Filipinas llaman «el ángel guardián de la cocina kapampangan» da una demostración en su casa. No es una escuela de cocina para viajeros: es su cocina.
Lo que tienen en común los tres no es que sean secretos. Es que hace falta alguien que conozca a alguien.
Cuéntame qué te apetece descubrir y te digo si tengo por dónde entrar.