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William Fogg Private Travel Atelier
Mujer junto a un columpio en una playa de arena con una barca de cola larga y acantilados calizos

Criterio

El día que dejo vacío

Cuando alguien recibe por primera vez un itinerario mío, cuenta los días y mira cuánto hay en cada uno. Y casi siempre aparece la misma pregunta: aquí no pone nada, ¿esto está sin terminar?

No. Ese día es el que más me ha costado colocar.

Hay dos maneras de estropear un viaje. La primera es evidente: no llegar a lo que el viajero esperaba ver. La segunda es más difícil de detectar porque parece justo lo contrario de un error —llenar el itinerario hasta el borde, de modo que cada mañana empiece con alguien esperando en el hall a las nueve—. El viaje se cumple entero y, al volver, el viajero tiene la sensación rara de haber trabajado.

Un ejemplo. Hace poco diseñé tres semanas por Laos para una pareja que quería el país entero: Luang Prabang, Vang Vieng, Vientián, el Mekong hasta las cuatro mil islas. Doce días densos, con desplazamientos largos y madrugones. Y después cuatro días seguidos en una isla del sur de Tailandia sin absolutamente nada reservado. Ni una excursión, ni una cena, ni un guía.

Esos cuatro días no son el premio al esfuerzo. Son la parte del viaje donde lo anterior se convierte en recuerdo. Si vuelves a casa directamente desde el duodécimo día de ruta, lo que traes es cansancio con fotos. Si te paras cuatro días, traes un viaje.

Lo mismo, en otra escala, en México: después de Ciudad de México, Guanajuato y San Miguel de Allende —que es un ritmo exigente, con carretera y mucho que mirar— vienen tres días seguidos en Holbox sin plan.

Hay una razón menos obvia, y es la que a mí más me importa. Las cosas que la gente cuenta al volver casi nunca están en el itinerario: la conversación con el dueño de un sitio, el mercado con el que se tropezaron, la tarde que se alargó. Ninguna de esas cosas se puede reservar. Lo único que puedo hacer es elegir bien el lugar, la época y el momento, y después dejar sitio para que ocurran. Un itinerario lleno es, literalmente, un itinerario donde no cabe nada más.

Por eso el día vacío no es un descuido ni un relleno. Es una decisión de diseño, igual que elegir un hotel o el orden de las etapas. Y es de las pocas que un catálogo no puede tomar, porque un catálogo vende lo que incluye y esto consiste precisamente en no incluir.

Cuando recibas un itinerario mío y veas un hueco, ya sabes lo que significa.

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